“... di tú ángel adelgazado por el silencio / esbeltísimo en lo callado / con el costado intacto antiguo en guerras / di tú la palabra que leo en el minuto que dura mi corazón”, Blanca Andreu, “Báculo de Babel”, 1982.
Si Ulumo y Fatima (post 2) eran las protagonistas del desplazamiento masivo que la población de Mogadiscio viene sufriendo en los últimos meses, Hussein y Addam (*) lo son de la violencia directa que sufre aquí la población. Ellos son el reverso, el contrapunto, el negativo de una realidad que, debiendo ser blanca y turquesa, verde y luminosa como esta ciudad, acaba siendo una fotografía en blanco y negro de bordes calcinados por el fuego de la guerra.
El magnífico poema de Blanca Andreu toma para mí contornos que nunca habría imaginado. Hussein, electricista de 28 años, iba como cada mañana a ganarse el dólar escaso diario que consigue para sacar adelante una familia de seis miembros. Se desplazaba en un minibús colectivo, como la gran mayoría de la población, cuando la realidad se convirtió súbitamente en una espesa niebla blanca y en un intenso pitido: “El autobús voló por los aires y nosotros con él dentro”. Doce personas murieron en el acto; el dantesco escenario que describe tras la explosión no me atrevo a contároslo. Tuvo mucha suerte: “Iba en la parte delantera del minibús; la mina debió tocarla la rueda trasera”; su cabeza golpeó el techo violentamente y le rompió el tímpano; una pierna se le quemó debido al fuego originado.
Hussein fue atendido en un primer momento en la clínica que tenemos en este turbulento barrio de Mogadiscio, Yaqshid. “Debió estar siempre ahí y ese día nos tocó”. El uso de minas contra equipamiento pesado es relativamente nuevo en Mogadiscio. Como en todos los conflictos, los más afectados son sin embargo los civiles. En una sociedad habituada a afrontar esta situación tras decenios de guerra se puede ver lo mejor y lo peor del ser humano: “Tras la explosión, algunas personas robaban los móviles o las carteras desperdigadas a nuestro alrededor; otras nos cogieron de la mano mientras estábamos en el suelo y luego nos llevaron a los hospitales”.
El fuego indiscriminado que se produce tras cada incidente no distingue combatientes de no combatientes; todavía no se construyen balas con alma. Addam tuvo la mala fortuna de encontrarse el 17 de Noviembre haciendo compras en el mercado de Bakara, principal motor económico del país y escenario de las peores luchas. “Escuché una explosión a lo lejos e inmediatamente se desplegaron cientos de tropas”. Podría ser la explosión de Hussein o cualquier otra; en esos momentos, quienquiera que se encuentre en los alrededores se convierte en enemigo y objetivo. “El mercado pasó a ser una cortina de ráfagas de fuego cruzado, no tenía donde escapar y me eché al suelo”. Addam es otro de los afortunados: una bala “sólo” le destrozó el tobillo, con vía de entrada y salida. Según él, aquel día murieron quince personas.
Minas y balas, Hussein y Addam, son dos ejemplos de la diversidad de casos que vemos en este complejo conflicto urbano que, cual virus de la violencia, se contagia al resto del país. En el primer post de este blog ya lo comentaba: la variedad de armamento que puede encontrarse aquí no la he visto en ningún otro lugar, ni siquiera en sitios como Darfur, Palestina, Chad o RCA. La porosidad de las fronteras, la ficción de los embargos de armas y la ausencia de gobierno sólo juegan en contra de quienes más sufren la presencia de minas y balas pero también de tanques, morteros, granadas, bazookas, bombas a control remoto, antiaéreos y todo tipo de fusiles y pistolas: la población civil. En estas circunstancias, y como organización médico humanitaria, no podemos sino responder a las consecuencias de esta violencia extrema: curas de urgencia, vendajes, estabilización de pacientes... todo ello en nuestras clínicas satélites al hospital que acabamos de abrir, a la vez que lo dotamos de capacidad quirúrgica para heridos de guerra.
Hussein y Addam siguen viniendo cada dos semanas a nuestras clínicas. Los dos hablan quedo, tristes y con la mirada perdida, como ángeles adelgazados por el silencio y esbeltísimos en lo callado. Sus costados son antiguos en guerras y las últimas palabras que escucho de ellos ahora son esperanzadoras: “saldremos adelante”.
(*) Los nombres originales han sido modificados en aras del anonimato que nos solicitaron mantener.
La Acción Humanitaria, como yo la veo Humanitarian Action, as I see it
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08-feb-2008
Báculo de Babel
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